TURISMO RURAL

El Pirineo aragonés, una escapada entre cañones, valles y alta montaña

Cañones, valles y alta montaña. El Pirineo aragonés ofrece una escapada natural en la que la herencia medieval y una gastronomía anclada en el territorio pretenden evadir al visitante que este año quiera hacer turismo sin aglomeraciones.

Valle de los Pirineos con el Aneto al fondo. Efeagro/Belén DelgadoValle de los Pirineos con el Aneto al fondo. Efeagro/Belén Delgado

En la zona de Ordesa y Monte Perdido no se respira el mismo ambiente que hace dos años, cuando se celebraba el centenario de su declaración como parque nacional y desde por la mañana se formaban largas colas de caminantes dispuestos a recorrer su red de 400 senderos.

El coronavirus ha trastocado muchos planes en 2020 y, aunque desde mediados de junio el parque ha reabierto, todavía los centros de visitantes y servicios no están al 100 % de su capacidad, señala a Efeagro el jefe del equipo de uso público, Luis Martina.

El área se divide en cuatro sectores: Ordesa, cuyas visitas se están “comportando como siempre”, Añisclo y los valles de Escuaín y Pineta, que “quizás tienen menos visitas, pero poco menos de lo normal”, afirma Martina.

En Ordesa se puede avanzar hacia el fondo del valle, disfrutando a cada momento de los cambiantes paisajes en las márgenes del río Arazas hasta la Cola de Caballo -son 18 kilómetros de ida y vuelta-.

Pirineo aragonés

Parque nacional de Ordesa y Monte Perdido. Efeagro/Belén Delgado

En Añisclo salen al reencuentro los ríos Aso y Bellos, este último encajado en un impresionante cañón; desde el valle de Pineta se puede ascender y ver el glaciar del Monte Perdido; y los miradores de la Garganta de Escuaín son un buen escenario desde el que observar los quebrantahuesos.

Martina invita a “traspasar los límites” de ese patrimonio mundial e ir al encuentro del mundo rural que lo rodea, puesto que han sido sus poblaciones las que “a lo largo de los siglos han conservado ese paisaje”.

“Vivimos situaciones muy raras, no deberíamos evitar ese pequeño contacto con sus habitantes. El turismo de masas solo quiere consumir paisaje, no se interesa por cómo viven las gentes; pero en vez de eso hemos recuperado las vacaciones de una semana en la que nos movemos poco y hacemos un turismo más racional”, reflexiona.

Una villa medieval

En la comarca histórica de Sobrarbe, prácticamente en el centro de los Pirineos y con un clima continental muy extremo, destaca la joya de Aínsa, un municipio declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1965.

Sus calles empedradas, su inmensa plaza Mayor, su muralla y su castillo… La villa a la que Alfonso I otorgó en 1124 una Carta Puebla, con fueros como los de Jaca, también es lugar para la leyenda, como la de la Cruz de Sobrarbe del año 724.

Entonces se reunieron en Aínsa los cristianos que huían de los musulmanes y la aparición de una cruz de fuego sobre una carrasca insufló ánimo a las tropas de Garcí-Ximeno para ganar la batalla, episodio que se conmemora en la fiesta de “La Morisma”.

Este año la cita, que estaba prevista para septiembre, se ha aplazado por la pandemia, pero se han mantenido los festivales de música en julio bajo estrictas medidas de seguridad y las visitas guiadas funcionan con normalidad, apunta la responsable de la oficina municipal de turismo, Rosa Mary Pueyo.

Comenta que los turistas han ido llegando poco a poco, siendo más los nacionales y menos los extranjeros, y precisa que la situación en esa zona de Huesca no se parece a la de otras comarcas aragonesas afectadas por los rebrotes.

Gastronomía de montaña

Más al noreste, antes de llegar al Pirineo catalán, emerge el valle de Benasque, en el parque natural Posets-Maladeta, donde se encuentra el mayor número de cimas de 3.000 metros de altura de la cordillera, incluido el más elevado, el Aneto (3.404 metros).

En esos parajes ha tomado forma una gastronomía que se nutre de la agricultura y la ganadería de alta montaña: carnes de calidad como el cordero, estofados de caza de corzo o jabalí, y la sopa benasquesa -con huesos de ternera, carne magra, hortalizas y pan- son algunos ejemplos.

Las setas, la trucha, la miel o el queso también dan sabor a esa cocina que se puede degustar en los restaurantes de la zona o en las tiendas de productos locales.

Queso de Saravillo es una quesería de esa localidad del Sobrarbe que obtiene su producción de unas 500 cabras de ganadería semiextensiva.

Su propietario, Andrés Bielsa, lamenta que durante el estado de alarma no pudieron vender nada, por lo que tuvieron que acumular el queso para no tirar los más de 500 litros que producían las cabras a diario.

“Ahora notamos más venta y turismo”, dice, sin confiarse demasiado por lo que pueda venir más adelante, pero al menos seguro de que “el género es bueno”, reconocido como “artesanía alimentaria” por el Gobierno de Aragón.

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