El precio de prevenir la malaria con pesticidas

Un grupo de investigadores españoles ha develado los daños colaterales en la salud que ha tenido la autorización del pesticida DDT para combatir la malaria.

Una agricultura  rocía con pesticida un campo de arroz. Foto: Archivo EFE/Diego AzubelUna agricultura rocía con pesticida un campo de arroz. Foto: Archivo EFE/Diego Azubel

La decisión de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de autorizar un pesticida vetado desde los setenta como recurso último para combatir la malaria en los países pobres ha tenido un precio para la salud, especialmente de los niños, y un grupo de investigadores españoles ha desvelado cuál es.

El ingeniero químico Joan Grimalt es uno de los investigadores españoles que mejor conoce y explica cómo afectan compuestos químicos, como los pesticidas, a la salud y el medio ambiente, entre ellos el DDT (Dicloro Difenil Tricloroetano).

En los años cuarenta, el suizo Paul Hermann no sólo descubrió el uso de esta -hoy demonizada- molécula para la agricultura sino que además logró el Premio Nobel de Medicina por un hallazgo, que se tradujo en el esparcimiento masivo de este insecticida en los campos de cultivo de todo el planeta cuando todavía se desconocían sus consecuencias.

Cultivo de arroz en China. Foto: Mark

Cultivo de arroz en China. Foto: Mark

“Al ser una molécula que contiene átomos de cloro y es muy estable químicamente se vio que tenía la ventaja de que lo aplicabas y duraba mucho tiempo, pero también el inconveniente de que al durar tanto afectaba a todo tipo de organismos, no sólo a los insectos”, explica Grimalt, director del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC).

La alarma contra el DDT saltó cuando la bióloga americana Rachel Carson publicó un libro en el 62 con un ilustrativo título: “Primavera silenciosa”, alertando del efecto destructor de biodiversidad del pesticida.

La primavera silenciosa

Cáncer, estrés, afecciones a la fertilidad, influencia en la diabetes son solo algunas de las probadas afecciones a la salud que llevaron al veto en los años setenta de ese insecticida que, cuarenta años después sigue dejando rastro en nuestra sangre, campos, ríos o mares, y que está presente de alguna manera en gran parte de lo que ingerimos.

Sin embargo, algunos de sus sustitutos, los pesticidas piretroides y carbamatos, a parte de más caros, se demostraron “menos eficaces” para combatir algunas cepas del mosquito anopheles, que transmite la malaria, una enfermedad que mata a casi un millón de personas al año, en su mayoría niños.

En 2005 la OMS decidió autorizar el DDT para luchar contra esa enfermedad como recurso último en los países pobres, ya que “no sólo mata al mosquito sino que además lo repele”.

Un investigador español busca una vacuna

Un año después las cabañas de una de las poblaciones con mayor índice de malaria del mundo, Manhiça, a 50 kilómetros de la capital de Mozambique, se empezaron a rociar con DDT mientras en unas modestas instalaciones situadas junto a ellas, un brillante investigador español, Pedro Alonso, buscaba incansablemente una vacuna contra la enfermedad.

El equipo de Grimalt trabaja desde hace años con el Centro de Investigación en Salud de Manhiça que dirige Alonso y cuenta con varios centenares de muestras de sangre de cordón umbilical de los bebés antes de la aplicación del DDT.

En aquel momento, el rastro de pesticida que las madres de Manhiça pasaban a sus bebés no era mayor que el de una madre española.

¿Pero qué pasa cuando empiezan a inhalar el pesticida, a llevarlo impregnado en sus ropas?

Para buscar una respuesta el equipo de Grimalt continúa recogiendo muestras tras la vuelta del DDT (de sangre de cordón, leche materna y pajas y ramas de las cabañas). Y compara el antes y el después.

“El resultado es un incremento importante de los niveles de DDT y DDE -su metabolito- en los bebés, que ocurre en la etapa intrauterina, es decir, las madres se exponen y se lo pasan al feto”.

Aunque lo que Grimalt y su equipo querían saber es cómo esta mayor concentración de DDT “condicionará la salud de estos niños en el futuro”.

Partiendo de que la exposición en la etapa intrauterina determina lo que a un niño le va a pasar entre el nacimiento y los cuatro años, los investigadores detectan que una mayor concentración de DDT durante ese periodo influye, sobre todo, en retrasos en el desarrollo cognitivo, tendencia a la obesidad, a la hipertensión y a padecer asma.

“Todo esto es a nivel subclínico. No quiere decir que tengan una enfermedad pero sí que, respecto un grupo de bebés normales de Europa o Estados Unidos, tienen ciertos retrasos que deben que compensar y que habrá que ver la evolución que hagan”, señala el investigador.

Hay que manejarlo de una forma más adecuada

Aun así Grimalt no cuestiona el uso del DDT para luchar contra la malaria, aunque sí cree que “sus efectos no se pueden ni ignorar ni dejar de estudiar”.

“La malaria es una enfermedad muy grave, sobre todo para los niños, en cierto modo es peor que el ébola, por ese motivo lo que decimos no es que no se use este insecticida, sino que no se use a lo bruto. Es necesario un manejo más fino y adecuado”.

En esa línea, un artículo publicado en la prestigiosa revista científica Environmental Health Perspectives concluía que adoptando sencillas medidas, como vaciar la vivienda de objetos cuando vaya a ser rociada de DDT y no volver a habitarla hasta dos días después, podía reducir el impacto en la salud hasta en un 30 %. EFEAGRO

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