DESARROLLO RURAL

La vida, de vuelta al pueblo desalojado en el franquismo para crear una presa

A vista de pájaro es una pequeña península bañada en aguas del embalse Gabriel y Galán pero sobre el terreno es una aldea cacereña amurallada con torre vigía cargada de una historia sorprendente y desconocida porque Granadilla es un pueblo desalojado en los 50 al que ha vuelto tímidamente la vida.

Vista de una de las calles de Granadilla, en Cáceres. Efeagro/J.J.RíosVista de una de las calles de Granadilla, en Cáceres. Efeagro/J.J.Ríos

Sus 900 habitantes tuvieron que hacer las maletas y dejar atrás una vida dedicada a la agricultura y a la ganadería porque la dictadura franquista proyectó allí levantar una presa para abastecer de agua a la zona, según relata a Efeagro la técnico de turismo en Granadilla, Ana Isabel Torres.
Las aguas inundarían las tierras fértiles y el pueblo, aunque esté por encima de la cota máxima del embalse, se declaró técnicamente en zona inundable por lo que no había más opción que abandonar sus casas ubicadas en esta pequeña ciudadela medieval y comenzar de cero en otro lugar.

No fue un proceso fácil, duró una década (desde mediados de los 50 a mediados de los 60), y hubo vecinos que se resistieron hasta el final, dándose la paradoja de que en los tres últimos años tuvieron que pagarle al Gobierno franquista un arrendamiento por sus viviendas porque ya estaban expropiadas, según cuenta Ana Isabel.
Con el pueblo sin vida y sus vecinos reubicados en zonas cercanas o emigrados a otras partes del país, vinieron años de expolio que acabaron con la declaración en 1980 como Bien de Interés Cultural (BIC) en categoría de Conjunto Histórico Artístico.

Además, desde 1984 es, junto a Umbralejo (Guadalajara) y Búbal (Huesca), sede del Programa de Recuperación y Utilización Educativo de Pueblos Abandonados (Prueba).
Esto hizo que Granadilla volviese “a tener vida”, según recuerda, y que se rehabilitasen algunas casas que sirven de alojamiento, almacén y taller a los alumnos de toda España que por allí pasan.
De tal forma que hoy hay inmuebles restaurados desde que se entra por la puerta de la Villa y se puede pasear por la calle Mayor, por la plaza del Castillo y por la plaza Mayor, donde se encuentra también el antiguo Ayuntamiento y el colegio de aquella época.

En condiciones normales, sin los contratiempos de la pandemia, el pueblo está abierto a los alumnos durante dos meses en otoño, dos en primavera y uno en verano y en estancias de 75 alumnos por semana procedentes de tres centros escolares.
El objetivo de ese programa es “acercar el medio de vida rural a los niños y que conozcan cómo se vivía antiguamente” en Granadilla, según comenta Ana Isabel.

Actualmente, tienen árboles frutales y cuentan con ganado equino, ovino, avícola, bovino y porcino para que los alumnos desarrollen tareas agrícolas, ganaderas pero también de jardinería.
Como curiosidad, Ana Isabel detalla que los alumnos del programa hacen allí noche gracias a los grupos electrógenos, dado que las calles no tienen suministro eléctrico, y se abastecen con agua de una potabilizadora que funciona mientras dura su estancia.

Vista aérea de Granadilla (Cáceres), rodeada por las aguas del embale de Gabriel y Galán. Efeagro/Víctor López.

El turismo que da vida al pueblo

El turismo también le ha dado vida a Granadilla porque se puede visitar en horario de mañana y tarde con entrada y rutas guiadas gratuitas.
A parte de la zona remodelada, se puede pasear por los alrededores de la antigua iglesia de la Asunción, recorrer parte de la muralla que levantaron los árabes en el siglo IX o subir a la torre del Castillo (siglo XV) desde la que se divisa la pequeña península rodeada por el agua del embalse y parte de la comarca de la Mancomunidad Integral Trasierra-Tierras de Granadilla.

Como dato histórico, Ana Isabel apunta que la muralla es la tercera mejor conservada de España, por detrás de la de Ávila y Lugo, y es la única de estas tres que no tiene edificaciones extramuros.
La torre fue mandada a construir por el duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, y servía para hacer funciones de vigilancia.
El legado histórico se quedó y, en parte, se conservó pero sus vecinos tuvieron que irse y comenzar una vida lejos o cerca; en Cataluña, en el País Vasco o en las vecinas Alagón del Río y Plasencia donde, por cierto, la colonia fue reconocida como Hijos Adoptivos de la ciudad y cuentan a modo de homenaje con una calle a su nombre.

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