ALIMENTACIÓN ANIMAL

La escasez interna de proteína vegetal resta competitividad a los ganaderos

España es una potencia ganadera en la UE pero sus ganaderos son grandes dependientes de soja, materia prima fundamental en la elaboración de piensos.

Terneros en un cebadero español. EFEAGRO/Cedida por Asoprovac.Terneros en un cebadero español. EFEAGRO/Cedida por Asoprovac.

España es una potencia ganadera de la Unión Europea pero sus productores se encuentran con un escollo a la hora de ser más competitivos porque sus costes dependen en exceso de los precios de las proteínas vegetales importados de terceros países -en especial la soja- ya que la UE es deficitaria en su producción.

Según los datos de la Oficina de Estadística de la UE (Eurostat), España tiene una producción anual de 25 millones de cabezas de porcino, 16 millones de ovino y caprino, seis millones de bovino, 43 millones de gallinas ponedoras y 1,4 millones de toneladas de carne avícola, por lo que genera una gran demanda de materias primas para la alimentación animal. Una circunstancia que hace a los ganaderos especialmente sensibles a la fluctuación de los precios internacionales, afectando a sus costes de producción.

Proteína vegetal: la importancia de la soja

Entre las materias primas importadas, destaca la mencionada soja (representa de media el 20 % de la composición de un pienso compuesto) porque tiene excepcionales cualidades nutricionales y es calificada por los ganaderos y fabricantes de piensos consultados por Efeagro como la “reina” de las proteínas vegetales.

Esta mínima producción en la UE se debe a que su territorio no dispone de unas condiciones de suelo y humedad idóneas, según asegura el director de la Confederación Española de Fabricantes de Alimentos Compuestos para Animales (Cesfac), Jorge de Saja, quien añade que ha habido intentos en España de producir soja en grandes cantidades pero no han tenido éxito.

Desde la Asociación Interprofesional de la Avicultura de Carne de Pollo (Propollo), su secretario general, Ángel Martín, indica que ese déficit europeo en producción de soja “hace que nuestros costes, en comparación a otros países, sean superiores”.

Grandes importadores

Un productor agropecuario argentino levanta un manojo de semillas de soja. EFE/Archivo./Cézaro De Luca

Un productor agropecuario argentino levanta un manojo de semillas de soja. EFE/Archivo./Cézaro De Luca

España importó en la campaña 2013/2014 un total de 5,19 millones de toneladas de soja -3,52 millones de habas y 1,67 millones de harina-, siendo el segundo comprador de la UE tras Países Bajos, con 8,2 millones de toneladas, como recoge Eurostat.

La soja representa, además, el 61 % de las compras totales de materia prima que efectúa la UE para alimentación animal, que es a su vez el principal comprador de harina de soja (31,8 % del total de importaciones del mundo) y el segundo mayor importador de habas (11,2 % del total), unos porcentajes revelados por un estudio del banco BTG Pactual.

Los países situados al otro lado del Atlántico, en concreto Estados Unidos, Argentina, Brasil y Paraguay, comercializan más del 84 % del total de la producción mundial de esta oleaginosa, una concentración de la oferta que también juega en contra de los intereses de los ganaderos españoles y europeos. Estos países, especialmente Estados Unidos y Brasil, cuentan con buenas condiciones climáticas para el cultivo de soja, lo que se suma a la facilidad para cultivarla modificada genéticamente.

Relevancia de los transgénicos

El Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) estima que el 93 % de la soja que se cultivó en 2013 en Estados Unidos era transgénica porque resulta más rentable a los agricultores y la práctica totalidad de la proteína vegetal comprada desde la UE está modificada genéticamente.

Sin embargo, en la UE, esta tecnología sólo se usa para el cultivo de 143.016 hectáreas (todo de maíz Bt), lo que supone el 0,07 % de la producción mundial de transgénicos y el 92 % de lo sembrado se encuentra en España, repartiéndose el resto entre Portugal, República Checa, Eslovaquia y Rumanía.

Son datos que recoge el informe 2014 del Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agro-biotecnológicas (Isaaa), en el que destaca que la UE tiene aprobadas 73 autorizaciones para la comercialización y uso de eventos modificados genéticamente, entre ellos, la soja tolerante a herbicida GTS-40-3-2 o el maíz tolerante también a herbicida NK603. El informe dice que, “en general”, los agricultores europeos no están incentivados para sembrar transgénicos por tener que someterse a procedimientos de información “demasiado exigentes”.

De hecho, en el plano normativo, el Consejo Europeo aprobó de forma definitiva hace un mes la nueva normativa sobre transgénicos, cuya principal novedad es que permite a los Estados miembro prohibir el cultivo de Organismos Modificados Genéticamente (OMGs), aunque estén aprobados a nivel comunitario.

Los ganaderos españoles consideran que la nueva normativa UE sobre transgénicos genera más incertidumbre

Los ganaderos españoles consideran que esta modificación normativa añade más incertidumbre al sector y piden a la UE que agilice la aprobación de los eventos modificados genéticamente para poder competir mejor en el mercado internacional.

Por ejemplo, desde el sector español productor del huevo, la directora de la interprofesional Inprovo, Mar Fernández, ve paradójica la legislación comunitaria porque se puede dar el caso de que un país tenga prohibido los cultivos transgénicos pero sí permita la compra de materias primas transgénicas a terceros.

Por ese mismo motivo, el gerente de la Asociación Española de Productores del Vacuno de Carne (Asoprovac), Javier López, califica esta normativa como una “locura” y de “hipocresía brutal” y pide, por otro lado, celeridad a la UE a la hora de autorizar la importación de eventos modificados genéticamente.

En esa línea, el director de la Asociación de Productores de Ganado Porcino (Anprogapor), Miguel Ángel Higuera, señala que la UE dilata “en exceso” las autorizaciones para el uso de OMGs, una “lentitud” que merma la oferta a la que tienen acceso los ganaderos europeos respecto al resto de productores, lo que se traduce para ellos en precios más caros de materias primas y menor competitividad

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