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La endivia de Bruselas también quiere su protagonismo

play Plato de endivias de 'septime'. Foto: Efeagro/ Bertrand Grébaut. Plato de endivias de "septime". Foto: Efeagro/ Bertrand Grébaut.

Hastiada de que la col le robe su sitio, la endivia de Bruselas reivindica un protagonismo fundamentado en su procedencia local original y la verdad irrefutable de los datos de consumo: a los bruselenses les gustan más las endivias que las coles.

Cada belga come de media alrededor de siete kilos de endivias al año, la mayoría cosechadas en el propio país, que por su clima vetusto y ausencia de sol es ideal para su cultivo, explicó a Efe el concejal de Agricultura de Kampenhout, Rudi Van Ingelgom.
El año que viene se abrirá un nuevo museo cerca de la capital dedicado a la endivia como orgullo local y que vendrá a renovar el ya existente en la cercana localidad de Kampenhout, con una tienda de regalos que incluye confitura y cerveza de endivia, y que recoge su sorprendente historia.

La endivia se “inventó” de hecho en Bruselas

Cuenta la leyenda que en 1830 un campesino belga guardó unas raíces de achicoria en su sótano para utilizarlas luego como un sustituto del café. Pero esperó demasiado en volver a por ellas y se encontró que a la achicoria le habían crecido unos brotes blancos debido a que al no haber luz en el sótano el vegetal no podía producir la clorofila que le da el aspecto verde. Las probó y le gustaron.
La viuda de ese jardinero le transmitió el secreto a una familia burguesa de la época, los Moretus, y la cosecha y comercialización acabaron extendiéndose por Bélgica, donde las temperaturas austeras y la falta de luz son además el ecosistema ideal para su cultivo. El botánico francés Henri de Vilmorin la importó a su país tras probarla en la Exposición Internacional de Horticultura de Gante de 1873. Y de ahí al mundo.

 

La endivia y sus tiempos

El chicon para los francófonos y witloof para los flamencos se planta en mayo y se recoge en octubre, un mes en el que se celebra las fiestas de la endivia, una tradición festiva que incluía hasta hace veinte años la elección de Miss endivia para alguna “afortunada” de la región.
De todo eso tiene recuerdos Van Ingelgom, que dice que la gente mayor es quien más la consume, aunque entre los jóvenes también “tiene su público”, lo que garantiza su continuidad. “A los niños no les gusta el sabor de las coles de Bruselas, prefieren la endivia”, añade.
Más allá de cruda o al horno, también se está utilizando en los últimos años, explica el experto, para fabricar otros productos derivados como helado o cerveza de endivia.
“Para la cerveza usamos la raíz, no las hojas, y su amargor da un gran punto”, cuenta el agricultor.
Sus defensores hablan de la versatilidad y valores nutritivos de la endivia. Los detractores llaman la atención sobre el hecho que su receta más habitual en los restaurantes belgas pase por esconder la endivia en un mar de bechamel y recubrirla de los más sabrosos jamón y queso.
A Van Ingelgom le gusta recordar el lema que leyó en una feria agrícola de California (EEUU) hace unos años a la que viajó para promocionar su endivia: “Diez millones de belgas las comen, ¿por qué no lo haces tú?”.

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