GUATEMALA MEDIOAMBIENTE

Guatemala perdió en los últimos 20 años casi una cuarta parte de sus bosques

Zonas boscosas en Antigua Guatemala y construcciones urbanas cercanas. Efeagro/Esteban BibaZonas boscosas en Antigua Guatemala y construcciones urbanas cercanas. Efeagro/Esteban Biba

Guatemala, el llamado “país de la eterna primavera”, perdió en los últimos 20 años un 22,3 % de sus bosques y pasó de ser una nación forestal a un país deforestado según expertos, quienes advierten además sobre los riesgos para el futuro.

El drama de la deforestación de Guatemala es aún peor si se va unos años atrás. En 1986, año en el que el país centroamericano recuperó su democracia, su cobertura forestal era del 55 %, es decir casi más de la mitad del territorio estaba cubierto de bosque.

Hoy, 35 años después, la cobertura forestal es del 33 %, por lo que Guatemala ha perdido casi la mitad de sus áreas verdes en dicho período de tiempo.

El presente siglo empezó con 4,5 millones de hectáreas de flora en el país, pero a la fecha al país solo le quedan alrededor de 3,5 millones, eliminando un 22,3 % de bosques en dos décadas, de acuerdo al Sistema de Información Forestal (SIF) guatemalteco.

Los siguientes 20 años serán cruciales para los bosques guatemaltecos. Si bien el mundo en general vive un proceso de degradación ambiental producto del cambio climático, las decisiones políticas también han orillado al país a una agonía forestal en la que aún cabe una tenue esperanza de rescate.

Las causas

Para diversos analistas, biólogos y conservacionistas, el factor que determina la pérdida de bosque con frenesí es la ingobernabilidad, en un país marcado por altos índices de impunidad. Guatemala es, de acuerdo organismos internacionales, una de las 35 naciones más corruptas del mundo.

En opinión del director general de la Fundación para el Ecodesarrollo y la Conservación (Fundaeco), Marco Vinicio Cerezo Blandón, hijo del expresidente Vinicio Cerezo (1986-1991), la historia de la deforestación en Guatemala “es la historia del poder y de la impunidad en el país”.

A finales del siglo 19, señala Cerezo Blandón en una entrevista con Efeagro, los “algodoneros tenían el poder y deforestaron en la costa sur”, pero después fueron los productores de caña los protagonistas de acabar con áreas verdes.

Zonas boscosas en Antigua Guatemala y construcciones urbanas cercanas. Efeagro/Esteban Biba

“Luego los bananeros tuvieron poder y deforestaron la zona del Caribe y el valle del Motagua (este) y estos dieron paso a los ganaderos, que en los años de 1970 deforestaron en la Franja Transversal del Norte y el departamento de Petén (norte)”, recalca.

Ahora, apunta Cerezo Blandón, es la “era del narcotráfico” que “avanzó a la narco-ganadería en los grandes frentes de deforestación de los departamentos de Petén y de Izabal (noreste)”, relata.

El director del Instituto de Investigación y Proyección sobre Ambiente Natural y Sociedad (IARNA) de la universidad jesuita Rafael Landívar de Guatemala, Raúl Maas, coincide en declaraciones a Efeagro que “con los problemas políticos que tenemos (en Guatemala) no se puede esperar tener bosques en niveles óptimos”.

La degradación es, agrega el ingeniero agrónomo, un “reflejo de la impunidad, incapacidad de las instituciones y de la lógica del modelo de desarrollo, basado en la sustitución de ecosistemas naturales por otro uso de la tierra, porque (Guatemala) es un modelo eminentemente extractivista”.

¿Un modelo caducado?

El biólogo Francisco Castañeda Moya considera que la deforestación se debe, esencialmente, al “modelo económico instaurado en Guatemala”, que “necesita de materia prima, procesar recursos y desecharlos a un crecimiento exponencial”.

Castañeda advierte a Efeagro que este modelo “depende directamente de la extracción de recursos, como los monocultivos de palma de aceite o la caña de azúcar, o de la actividad ganadera que amenaza a las áreas protegidas y en alguna medida están asociados al narcotráfico”.

La pobreza extrema derivada del “sistema estructural”, soslaya Castañeda, también influye en la deforestación, “a una escala distinta”, pues la población “vive como último medio de los recursos naturales, principalmente con fuentes de energía como la leña, provocando procesos de degradación o raleo de bosques”.

La investigadora Jennifer Devine, profesora de Geografía de la Universidad de Texas, quien ha estudiado los procesos de degradación ambiental y forestal en Guatemala, observa además o un vínculo directo con la proliferación del narcotráfico, del tráfico de cocaína y la narco-ganadería.

En diversas publicaciones, Devine ha constatado que en la reserva de la biósfera maya, la superficie natural protegida más grande de Guatemala ubicada en el norte del país, no ha sido “la agricultura de subsistencia practicada por campesinos sin tierras la que está causando deforestación, sino la narco-ganadería”.

Un panorama complicado

Cerezo repara en que, a esta velocidad, Guatemala va “en el camino de El Salvador, un país muy pequeño y altamente poblado que conserva menos del 5 % de cobertura forestal y vamos en el camino de Haití que tiene menos del 2 % de cobertura y que ya tiene colapso ecológico”.

La de Guatemala es, sin embargo, “una encrucijada: podemos evolucionar en la dirección de Costa Rica o Belice, o podemos involucionar en la dirección de Haití o de El Salvador”.
Costa Rica, subraya Cerezo, “tenía en 1985 menos bosques que Guatemala, que tenía 55 % de cobertura forestal y Costa Rica tenía un 35 %. Hoy nos hemos invertido: Guatemala tiene 33 % y Costa Rica, 55 %”.

El logro de Costa Rica, agrega el director de Fundaeco, fue poder “revertir la taza de deforestación y recuperar superficies forestales de una forma significativa gracias a 30 años de políticas públicas ordenadas y sistemáticas”.

El director del IARNA, Raúl Maas, estima que en los próximos años continuará la tendencia de pérdida de cobertura forestal y recuerda que si entre 1977 y 1992 la deforestación anual oscilaba en un promedio de 65.000 hectáreas de bosque perdidos, el equivalente a nueve campos de fútbol promedio (110 metros de largo por 80 de largo) por hora, en la actualidad se pierden entre 17 y 19 canchas por hora.

“Los mecanismos de protección de las áreas son bastante precarias y vulnerables. No se alcanza la escala para revertir esta tendencia: sin recursos financieros, humanos ni infraestructura. Además, claro, de la impunidad del país”, lamenta.

Si bien la cobertura va en picada, Marco Cerezo es optimista, toda vez que “tenemos claro el peor escenario”, uno “catastrófico” que “va a ocurrir”, “a menos que hagamos todo lo correcto en las próximas dos décadas”.

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